Nuestra Navidad

Nuestra Navidad

Era 5 de enero, para muchas personas la Navidad ya casi había terminado, sin embargo, para mí faltaba el día más especial. Hacía varios años que nada era igual, pero a pesar de las quejas y protestas de todos seguía esperando mi final feliz.

Ya era lo suficientemente mayor como para entender que todo se acaba y que, cuando una persona que ha pasado más de media vida estudiando enfermedades degenerativas, te dice que ya no hay esperanza, es porque no la hay. Sin embargo, algo dentro de mí me impulsaba a seguir creyendo en la magia y más durante los días de Navidad.

Como cada tarde de 5 de enero desde que tenía uso de razón cogí mi mejor abrigo y me dispuse a encaminarme a casa de mis vuelos. Mi madre me encontró en la puerta, y como cada 5 de enero desde hacía tres años me volvió a repetir: -No hace falta que vayas, él ya no te conoce. No necesitas pasar por eso otra vez.

Como cada vez que mi madre me repetía esas palabras, volví a enfadarme, a no contestar y a bajar corriendo las escaleras. Me negaba a creer que todos hubiesen abandonado la esperanza de un pequeño milagro por Navidad.

Abrí la puerta de casa de mis abuelos casi vencida por el desánimo, no iba a haber milagro, si todo el mundo creía lo mismo por qué yo no podía darme por vencida. Como siempre la televisión estaba encendida de fondo pero nadie le hacía caso. Mi abuela trasteaba en la cocina y mi abuelo estaba sentado en el sillón con la mirada perdida. Le di un beso y, como siempre, no reaccionó. Pero de repente, un brillo llamó mi atención junto a las luces del árbol.

Me acerqué sin poder creerme lo que veía, llamé a mi abuela gritando: -¿has sido tú? ¡No me engañes! Ella ni siquiera sabía de qué le estaba hablando y la creí. Había sido él. Él había recordado cuánto me gustaba encontrar nuestros caramelos favoritos envueltos en papel de plata junto al árbol de Navidad cuando volvíamos de ver a los Reyes Magos en la cabalgata. Esos caramelos que yo no había dejado de comprarle ni una semana desde que él comenzó a perder la memoria.

Cuando unos días más tarde mi madre me llamó llorando para decirme que ya no había despertado, lo supe. Había sido su forma de despedirse, de decirme que a pesar de la terrible enfermedad que le robaba los recuerdos y la vida, nunca dejó de disfrutar de nuestras cosas, de nuestras tradiciones, de “Nuestra Navidad”.

Nuestra Navidad

 

Relato para el concurso #CuentosdeNavidad de Zendalibros.

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