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Esperar

Ese verbo que detestamos oír, sobre todo los que somos impacientes. Nos pasamos la vida esperando, aunque algunas esperas son más dulces que otras, sobre todo las que sabes que al final tienen un buen premio: a que te haga la digestión para bañarte, a que llegue tu cumpleaños, a que se haga de día el 6 de enero… Pero a veces no te queda más remedio que esperar sin saber qué viene después, y sin saber hasta cuando. Creo que eso es lo peor de las esperas, no saber cuando van a terminar, esa incertidumbre es lo peor de las esperas.

Cuando eres pequeño nadie te enseña a esperar, siempre es a ti a quien esperan: en la puerta del cole, a que acabes de jugar con tus amigos, en la parada del autobús cuando vuelves de un viaje… Quizá esperar sea un signo de que vas creciendo, una prueba más de madurez. A mí no se me da bien esperar, siempre he sido muy impaciente. Y ahora aquí estoy, con mi vida en punto muerto, sin otra cosa que hacer que esperar, esperar a que te recuperes (ojalá sí), esperar a que alguno de los currículums echados sirva para algo, esperar a que se acabe este calor horrible, esperar en definitiva a las buenas noticias. Siempre dicen que la vida es lo que pasa mientras nosotros esperamos a que pase algo, pero yo estos meses no he tenido la sensación de que la vida pasase por mí, sé que sí, que el tiempo no se detiene ante nada ni ante nadie, es una sensación extraña como estar viéndolo todo desde una burbuja. Un sitio donde las cosas sí duelen, pero donde el tiempo se hace más lento.

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